El otro día soñé que eras un superhéroe. Tenías poderes y no tenías miedo en demostrármelo. Era un sueño y ya sabes lo que hacen a la memoria cuando despertamos. No recuerdo si volabas, si leías mentes, si eras de hierro. Sólo tengo la reminiscencia de que lo eras, de que eras un superhéroe y que a mí me fascinabas, todavía más, al descubrir algo más, al sentir que todavía quedaba un mundo de cosas tuyas por aprender.

Al despertar no pude evitar encogerme en mi cama y transformar mi cara en una sonrisa. No pude evitar sentir que yo también tenía poderes. Porque si algo entendí del sueño es que todavía me fascino descubriéndote y sé que queda en ti un mundo por descubrir y que seguirá revolucionando mi mundo.

Y mi poder, si te lo preguntas, te parecerá quizás absurdo. A lo mejor ni lo consideras poder como tal. Pero para mí lo es. Porque todavía me sorprendo de que tus ojos se cruzaran con los míos. Todavía me siento afortunado de que quieras caminar a mi lado. No hay un día en el que no me alegre de que tu mundo y el mío se hayan encontrado.

Mi súper poder es lo que siento a tu lado. Sentir que todo merece la pena. Sentir que podemos llegar a cualquier parte. Contigo puedo hacer las fantasías de mi mundo realidad. Y por eso te sueño de esa forma. Deseo hacer las tuyas realidad.

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My Valentine

My Valentine valiente me pide que te escriba aquellas cosas que nunca he sido capaz de escribirte. Que ser tan claro, y honesto, donde todos pueden verme, nunca ha sido mi fuerte. Pero para verte tuve que ser diferente a lo que era, y encontrarte donde la magia ocurre. No encontré un lugar, sino una persona, y magia es lo que siento al verte.

My Valentine rebelde, el que escribe, me juzga avergonzado, y aún así escribe, pensando, en los extremos de tu sonrisa, el premio siempre buscado. Pero no es eso lo que quiero darte en un día como este, ni es eso algo que esté en mis manos. Sólo puedo recordarte lo que brilla en tu interior. Sólo quiero que veas la luz que reflejas cuando te miro a los ojos. Pues es eso lo que quiero darte todos los días de nuestros días. Unos ojos y una sonrisa, una mano y un corazón.

My Valentine soñador, el que crece cada noche hablando, el que te busca en todos lados. Un símbolo, un gesto, un atisbo de soslayo. La búsqueda eterna, casi ausente, de las líneas que a tu lado se trazan y entrelazan como mi pelo en tus manos. La certeza invisible de que dos caminos se han cruzado, y revelan una ruta a otro mundo nuevo e inexplorado.

Que no es cuestión de un día. Si me preguntan, que sea una era. Que no es que no tenga detalles, sino que no quiero ser predicible. Que la magia de esperar tiene su aquel que he de reconocer. Que quizás por eso hago esto. Que no sé qué habría hecho sin ti son las palabras que se me grabaron a fuego. Que no estás sola al preguntártelo, que no necesito saber la respuesta.

Lo invisible

La magia de dos mundos que chocan. Del ruido inerte en el vacío en el espacio. El crujir de los engranajes de las cosas que encajan, como el intermitente tras su tarea. La chispa y el roce de las cosas que se enfrentan, como el ruido del mechero antes de encender una vela.

Se acercan atraídos por una fuerza invisible que sólo ellos sienten. Se alejan temiendo fuerzas invisibles que ni siquieran existen. Danzan describiendo órbitas ignoradas por el resto del universo. Planetas que la luz ignora, pero que aunque no son vistos, ya forman un universo.

A cada choque, se alejan. Con la promesa de un abrazo, se acercan. Con cada golpe, sienten que pierden algo. La ignorancia del que sueña, o la esperanza ciega, porque si hubiese un sol cerca, se darían cuenta.

Pues nada se ha perdido, sino que sigue cerca. Con cada golpe que se han dado, sus fragmentos no han sido olvidados. Ahora son satélites, que dando vueltas, comparten su órbita uniéndolos aún con más fuerza.

Lo que antes era choque, ahora es milagro. Lo que antes era de uno, ahora es de ambos.

Si estos planetas se atreven y sueñan, algún día serán encontrados. A través de un telescopio, desde un lugar lejano, un extraño los verá bailar pegados. Y pequeño, desde su Tierra, se asombrará de aquel universo lejano.

“… y así es como son, parecen sacados de una película, ojalá algún día…”

Pequeña Gran

Que la confianza sea algo que se gana, al igual que es algo que se pierde.

Puedes conseguirla a base de esfuerzo, de constancia, de presencia. Puedes conseguirla por amor, ciegamente, incondicional.

Que la confianza sea algo que una vez ha sido otorgada, pueda permanecer eterna mientras no la des de lado.

Has de cuidarla, día a día, semana a semana, a base de pequeños gestos que juntos proyectan una gran sombra sobre los que sólo saben dar gestos grandes; que los gestos grandes sean la guinda en el pastel de la vida que se inunda por los pequeños.

Que la confianza sea mi constante.

Pase lo que pase, gire todo lo que gire, con confianza, siempre tendrás tu punto de referencia para entender el devenir de todos los movimientos. Que no haya isla a la que querer marcharse, templo en el que querer refugiarse, que no haya que huir.

Que la confianza sea mi lucha.

Mi hoja de ruta.

La X que marca el lugar.

El camino a tu corazón.

El color de las cosas

Han cambiado muchas cosas desde hace un año, momento en el que todo llegó al primero de sus giros argumentales. Hay muchos comienzos y muchos finales, es así a partir de cierto momento en el que adquieres consciencia. Pero la verdadera aventura es aquella en la que el camino te lleva más allá de lo que ya es conocido, en busca del lugar donde las cosas mágicas ocurren.

Durante mucho tiempo piensas en qué pasará al llegar, qué ocurrirá por el camino, qué encontrarás. Esas divagaciones, esos pensamientos, con nuestros rincones más oscuros tiñiéndolos de un color apagado, dificultan el comienzo, generan dudas a cada cruce de caminos, ponen las piedras en el camino para tropezar. Da igual la meta que te plantees, el lugar al que quieras llegar, las expectativas que te hayas generado o que esperes alcanzar. A veces, por el camino, en busca de ese destino que te marcaste como propio, encuentras ese algo que sin buscarlo te ha encontrado. Simplemente encaja. Hay luz, no sólo fuera, sino dentro, luz que te hace tirar, luz que ves en los demás, luz que ven en ti, luz que ves reflejada, luz que reflejas.

Ya no importa la estación, no importa el destino. Ya no quiero parar el mundo para bajarme. Ahora lo que quiero es que aunque todo gire y gire, y llegue a donde llege, sólo haya una cosa que permanezca constante.

Un escudo, una bengala, una luz parpadeante, señales de humo, una piedra, una mirada en el abismo, una burbuja de cristal, una historia sin acabar, una estrella. El aleteo de una mariposa, y sus inimaginables consecuencias. Tú.

Sueños diurnos

Hay costumbres que forman parte de ti desde siempre. No sabes dónde empiezan las cosas. Nadie recuerda su comienzo. Lo mismo pasa con rasgos de uno mismo que podrías considerar, simplemente, infinitos. Quizás sea imaginación, quizás sea otra cosa, no sabría decirlo.

La fantasía siempre ha teñido mi existencia, atrapándome y cautivándome.

Recuerdo que siendo pequeño cada día, cada viaje en coche, cada visita, cada salida de la rutina no era más que una nueva aventura, un nuevo episodio de una historia en la que yo era el protagonista. Siempre había inocentes que salvar. Algún tirano al que derrocar. Quizás estaba huyendo. A veces visitaba un reino exótico. Otras épocas, otros mundos. Puede que fuese hora de detener una catástrofe mundial. O el momento de descubrir que un destino distinto era lo que realmente me deparaba en mis días. Cada día, una aventura. Cada momento, una ilusión.

El niño tarde o temprano se enfrenta al mundo. A los problemas. Desilusiones. Realidad. Pero la imaginación, la fantasía, ese ser invisible, mágico, de pura luz, te salva. Siempre. El héroe de una historia no es héroe si ante la adversidad suelta la espada y agacha la cabeza. Al contrario, la adversidad te convierte en héroe de leyenda. Y aunque choques con la realidad, el golpe se amortigua con una coraza que, sin querer, ha crecido a tu alrededor, con nombre propio, vida propia y una llama que arde gracias al fuego que tú, desde dentro, alimentas.

La fantasía nunca me ha abandonado. Es curioso cómo cambian los rasgos de uno, desde la infancia hasta el estado de madurez que cada uno quiera designar al punto del camino en el que se encuentra.

Siguen existiendo historias sin final, sin principios. Hay veces que me olvido de ellas y simplemente vivo. Los días anodinos. Los días venidos a menos. Los que menos.

Pero cuando estoy solo, cuando estoy perdido, cuando no encajo, cuando me siento incómodo, frustrado, decepcionado; y también cuando me ilusiono con alguien, con algo, cuando voy rumbo a lo desconocido, cuando soy feliz, cuando el mundo parece girar con sentido; sea como sea, cuando la realidad me sobrepasa, por una o muchas cosas, hacia arriba o hacia abajo, en lo bueno en lo malo, en la luz o en la oscuridad, siempre están ahí. Mis historias, mis fantasías. Con más complejidad, o con menos. Más originales, o no. Recordándome que los motivos, para todo, si los buscamos, son y siempre serán infinitos. Así es como consigues sonreír a pesar de todo. Así es como te propones vivir los sueños, en lugar de soñarlos.

Es como el niño que vuelve para proteger al adulto o el niño que nunca se fue. El niño que te recuerda que la imaginación no tiene límites, como la vida.

Lo que sobrevive. Lo que creas. Lo que creamos. Luz. Lo que quieres compartir.

No hay principios sin finales

Era un mayo como este, pero hace ya 6 años. Estaba en los colegios mayores, en el salón de actos, y no me graduaba yo, sino uno de mis mejores amigos, que me había invitado a ir al acto. Me senté junto a su madre, médica de profesión. Ella sabía que en breves me enfrentaría a la selectividad, para intentar optar por una plaza en medicina. Aunque era una apuesta difícil, algo en ella, como en todo el mundo que me rodeaba salvo en mi, le decía que ya estaba dentro, que era una realidad, que iba a entrar en la carrera. Sabiéndolo como parecía saberlo, recuerdo que me dijo lo mucho que me envidiaba. Lo mucho que envidiaba mi posición, ni siquiera siendo aún alumno de primero. Que los años de la carrera habían sido los mejores para ella. Que nunca luego ha tenido la oportunidad de aprender tanto, de fascinarse por todo lo que la carrera puede ofrecer. Se me quedaron grabadas esas palabras. ¿Estaba ante las puertas de los mejores años de mi vida?

Hoy, también mayo, estoy a unas horas de mi propia graduación. Médico, con todas las letras. Guau. No sé todavía si creérmelo. No lo tengo bien asimilado. Ahora mismo estoy en lo que siempre mi cabeza ha llamado “un horizonte”. El horizonte, el final del paisaje, el final de lo que alcanza la vista. Todo lo que hay antes de ese horizonte es conocido. Llevo tanto tiempo aquí que es mi casa, mi hogar, con mi gente, con los que estoy cómodo y a gusto. La vida me empuja siempre a andar, a avanzar, a veces corriendo, a veces mucho más lento, pero inexorablemente hacia adelante. Y eventualmente llego al horizonte. Casi estoy ahí. Sé que todo va a cambiar, pero hasta que no dé el último paso y desaparezca mi horizonte, desaparezca todo lo que hasta ahora he podido considerar parte de mí… Hasta que no suceda todo eso, no podré ver un nuevo paisaje, una nueva vida, un nuevo hogar y un nuevo horizonte. Esa es la sensación de estar al borde del horizonte, casi un abismo. Lo desconocido. Pero aunque no pueda creerlo, nada importa, el futuro es hoy. Tendré que descubrirlo, como siempre, andando hacia adelante.

Siempre he tenido una estupidez que roza otro horizonte en lo que a capacidades cerebrales se refiere, y siempre he tratado de enfrentarme a esta realidad con la mejor arma que se me puede ocurrir: sonriendo. Los finales no tienen que arruinar una buena historia. He luchado, he reído, he gritado, he disfrutado, he llorado, he aprendido… He VIVIDO, sin pretensiones, sin limitaciones. No puedo hacer otra cosa que sonreír por todo lo que he pasado, porque haciendo recuento siempre hay más razones para reír que para estar triste. Seré un idiota, encuentro muy fácil la palabra sonreír en el vocabulario pero, ¿cuál es la palabra para lo contrario?  Sea como sea, al borde del horizonte de mis años universitarios sólo sé que por nada del mundo dejaría atrás todas las experiencias que se han depositado a mis espaldas, todos los recuerdos que he creado, todos los amigos que he conocido. Siempre, siempre, me acompañarán.

Y si hoy cae alguna lágrima, o cualquier otro día, bueno, hay cosas por las que merece la pena emocionarse. Sólo puedo dar gracias por haber vivido lo que he vivido. Y dar gracias a todos que me acompañan desde el primer principio, siempre creyendo en mí y siendo el motor de mis convicciones; a todos los que me acompañan porque se sumaron en el camino y persistieron a los finales, porque por ellos sé que un final no es motivo para estar triste; a todos los que me acompañan en este camino y van a saltar al otro lado junto a mí, porque tengo la fe, casi certeza, de que más lejos o más cerca siempre os tendré. Gracias. GRACIAS.

Nunca olvidaré. Y nunca dejaré de caminar hacia adelante. Siempre hacia el siguiente horizonte. Siempre con una sonrisa. Pase lo que pase.

Hielo

Fue como viajar en el tiempo, pero sin la necesidad de ciencia, una máquina, un coche o un agujero negro. Los viajes en el tiempo a veces son mucho más simples que eso. Sólo necesitamos nuestros ojos, una escena, y la maquinaria intrínseca de nuestra existencia hace el viaje por nosotros, en lo profundo, en lo que no alcanzamos a tocar y sólo podemos sentir. Ni eso es necesario, aunque sólo le hizo falta eso, sus ojos.

Cuando vio la escena por primera vez pudo ver el boceto de un patrón demasiado grande para entenderlo estando tan cerca y sólo con un primer vistazo. Así que decidió esperar. Una parte de sí sintiendo que era capaz de predecir lo que pasaría, otra parte deseando errar, equivocarse y que los juicios hubiesen sido hechos hace tiempo, en otra vida, y no en ese instante, como pasa siempre en los inicios cuando no damos la oportunidad a nada más.

Poco tiempo más tarde descubrió cuál era la parte que había acertado. Volvió a ver una escena que era familiar por una parte, distinta por otra. Una segunda vuelta tiñó de complejidad lo que antes era simple, y lo que antes parecía simple y no lo era ahora simplemente era algo más familiar. Se propuso observar. Las partes se dividieron y se repartieron. Una se llevó la curiosidad, otra las ganas de ayudar y ambas un poquito de calidez y afecto. También la incertidumbre. No estaba claro qué  podía hacer. Lo que sí estaba claro es que quizás no se podía hacer nada. Nada salvo observar.

Cuanto más observó, más detalles descubrió. Se podría decir que esos detalles estaban ahí esperando a que alguien los mirara a los ojos. Quizás esos detalles vieron las similitudes, se identificaron como iguales, y por eso se revelaron. Como los latidos del corazón llenan de sangre el cuerpo, sintió que el calor se extendía por todo el cuerpo.

Pero son simples los mecanismos de nuestra mente, que funciona comparando patrones para que todo sea familiar, para que todo encaje, para que nada sorprenda. Hay que hacer un esfuerzo titánico, un esfuerzo empático, humilde, sincero, para poder revocar los dominios de nuestra mente sobre la realidad y verla por lo que es y no por los reflejos de nuestro pasado. Sabía esto, y a pesar de ver que eran iguales, también podía entender que la realidad que tenía ante sí podía ser una ilusión.

Tener razón o no, entender las causas que movían los hilos de la escena o no, poco o nada importaba. Lo que importaba era lo que si podía leer entre las líneas de su rostro, entre las arrugas de su sonrisa, entre el vacío oscuro del color de sus ojos, en los silencios de sus palabras. Lo que importaba es que veía el peso, la carga, el frío, todos los sentimientos que atormentaban y hacían que volviese a repetir la escena. Si podía hacer algo por aliviarlo, por pequeño que fuese, habría merecido la pena intentarlo.

Aun así, las cosas no son tan fáciles como tener el simple deseo, por puro que sea el deseo o por férrea que sea la determinación que nos mueve. Como sabía que no entendía nada y que podía equivocarse, ¿qué podía hacer? Hay veces que las soluciones pueden ser peor que los problemas, y aunque sea con la mejor de las voluntades. Hay problemas que no nos corresponden a nosotros la tarea de solucionarlos. Lo difícil es saberlo. Por eso, sentía que no podía hacer nada.

Pero eso no significaba que se resignase. Cada día, con mimo, intentaba que cada paso del camino fuese una sorpresa, una ilusión. Con la sinceridad del que de verdad se sorprende, del que de verdad se fascina. Lo genuino se siente, se transmite y se comparte. Y cuando los días se nublaban, cuando la mirada se perdía en el vacío, cuando las manos actuaban solas, cuando sus pasos volvían a aquel lugar, también lo hacía, en secreto, en silencio, sin dejarse ver.

Desde dentro, observaba. Parecía como si el tiempo fuese eterno. Podía ver las cadenas de su pensamiento en cada gesto de su rostro. Podían casi compartir en un momento sus conciencias. Podía sentir el peso de sus pies, el peso a su espalda, el peso del tiempo, en contraposición a la incertidumbre y el miedo. Su respiración y su pulso se aceleraba también. Su interior daba un vuelco. Su propia incertidumbre.

Entonces, se daba la vuelta y se marchaba. Los pasos volvían a una ciudad que parecía cada vez más oscura, cada vez más nublada. Regresando a casa siempre deseaba que nunca volviese a aparecer por aquella estación.

Luz

En ocasiones pienso en el mundo como un gran escenario gris, que está esperando a ser coloreado. No vemos la realidad hasta que nos fijamos en ella, hasta que sabemos qué mirar.

Yo puedo ver un árbol, con su tronco, sus ramas, sus hojas y sus frutos. El jardinero ve las ramas que hay que cortar, si su aspecto es sano, puede ver cuál es la época del año en los rasgos que presenta. Alguien que entienda de botánica a nivel académico sabrá cuál es la familia y la especie del árbol, sabrá nombrar cada una de sus partes con un nombre técnico, entenderá cuál es el bullicio interno que lucha por la supervivencia a niveles que el ojo ignora. Y sólo es un árbol. Pero para cada uno, tiene un color distinto.

El árbol es sólo un ejemplo. Pasear por la ciudad es maravillarse por la cantidad de cosas sin color que nos rodean. Edificios que no entendemos más allá de las formas que escapan a nuestro vocabulario. Coches que no son más que medios de transporte salvo para aquel que conoce todos sus secretos, para aquel que lo tiene por pasión o por devoción.

Personas grises… El mundo está lleno de personas grises. Cuánto más conoces, más colores adquieren. Cuánto más te interesas, más matices descubres entre el enjambre que pasea por las calles.No sólo con las personas, sino con todo lo que nos rodea.

En torno a nosotros, existe una esfera, como aquella del espacio vital, pero es una esfera cromática. Conforme aprendemos del mundo, la esfera se expande. Cada día, dota de color a los elementos de la realidad. Con cada tarea, con cada hecho aprendido, se hace más grande. Al hacerse más grande, somos más conscientes de la realidad.

Es verdad que dejamos de crecer físicamente, aunque nunca dejamos de cambiar. Interiormente no somos una constante, somos un continuo. Todos tenemos una esfera, todos tenemos un espectro cromático. Podemos ser un prisma o podemos ser una simple lente. Podemos dotar al mundo de un millar de colores al interaccionar con nosotros, o podemos dejar pasar al mundo como un simple haz de luz.

Es nuestra elección decidir cómo los colores del mundo cambian y nos cambian. Nosotros decidimos si queremos seguir aprendiendo, si queremos seguir descubriendo. Nosotros decidimos si queremos dejar que nuestro propio espectro cambie, a pesar del miedo que el cambio genera en todos.

Cada uno decide vivir y ver el mundo con los ojos que quiera utilizar.

Con suerte seremos prisma. Con suerte encontraremos los ojos que nunca son lo mismo y cuyo color nunca entenderemos. Y en parte, sólo hay que querer serlo.

Vapor

Otro día más sus pasos le habían llevado a la estación.

No sabía ni cómo ni cuándo, pero parecía que tarde o temprano aparecía ahí, en mitad del andén. La gente pasaba a un lado y a otro, como si fuesen un borrón, como si su tiempo fuese a cámara lenta pero el resto del mundo fuera tan rápido que sus formas se desdibujaban en la realidad.

En una mano llevaba su maleta y en la otra un billete. No sabía ni cuándo la había hecho, no sabía qué había dentro, no sabía cuándo compró ese billete, ni siquiera sabía a dónde iba ese tren. Ante sí estaba la puerta del vagón abierta, esperando, esperando a que entrase. ¿Sería ese el día?

Miró dentro de aquel vagón sin moverse de su sitio, trató de entrever lo que había tras la puerta. Un pasillo y sillas, viajeros sin rostro, sin nombre y sin historia. Un tren, sin más. Una incertidumbre que era obvia, tan obvia que se preguntaba por qué miraba y por qué siquiera preguntaba. Era inevitable, está en nuestra naturaleza querer saber aunque sea imposible encontrar respuesta.

Miró atrás, a la puerta de la estación. Entre los borrones que dejaba la gente al pasar, entre el ruido y las maletas, tras las puertas de la estación. Desde allí se podías ver lo que aquel día era su ciudad, nublada. No siempre lo estaba, aunque en la mayor parte de las ocasiones el cielo estaba encapotado los días que aquello ocurría. Su ciudad. La ciudad que conocía a la perfección. Con sus calles y callejas, sus rincones conocidos, sus historias en sus plazas. Y sus desencuentros. El camino hacia la estación.

La puerta del vagón estaba adelante, la puerta de la estación y la ciudad estaban detrás. En el centro, donde se encontraba, todo pesaba, todo mareaba, todo daba vueltas. Las certezas eran dudas, y las dudas eran dos veces dudas.

El sudor recorrió su espalda, la visión se le nubló, tragó saliva y dio un fuerte suspiro. Cuando se inclinó hacia adelante todo le dio vueltas. El intento de paso se quedó en intento, con el pie adherido al suelo. La cabeza le daba vueltas, las lágrimas amenazaban con salir, la respiración se le escapaba a su control.

Como los otros días que había aparecido en la estación, con una maleta en una mano, con un billete en la otra, miró atrás, miró a la ciudad, a la ciudad nublada. Hoy, como cualquier otro día, apareció un rayo de sol, un rayo que destaca entre tanta nube negra.

Apretó el puño, no el de la maleta que asía, sino el que tenía el billete, que se arrugó en un ruido rasgado. Se dio la vuelta. Comenzó a andar. Por la ciudad que conocía. Por las plazas, las calles y las callejas. Por los lugares donde habían nacido sus recuerdos.

Con la indiferencia de un ser inanimado, el tren cerró sus puertas. Como una exclamación, como un grito anónimo, su sirena fue su despedida.

Ambos desearon que nunca volviese a aparecer en la estación. Por si acaso, esperaría.